No es rumor

January 24, 2012 | 10 Comments

El señor Carlos Lainfiesta cuestiona mi profesionalismo en el asunto de la compra de carne mediante un procedimiento de excepción en el Ministerio de Salud Pública. Para que todos estén enterados, les paso el link de Guatecompras donde se solicita esta adquisición.

http://www.guatecompras.gt/concursos/consultaDetalleCon.aspx?nog=1913107&lper=2012&iEnt=9&iUnt=0&iTipo=4&o=23

Lo pueden verificar ustedes mismos y de hecho, pueden comprobar qué otros productos pretende comprar el señor Ministro de esta manera. No es rumor, señor Lainfiesta, yo no trabajo a la ligera.

Con Bremen ¿sí?

January 24, 2012 | 35 Comments

Una semana llevan los Patriotas en el poder y ya la vicepresidenta, Roxana Baldetti tiene trabajo. A ella se le ha encargado velar por la transparencia de la gestión y vaya si ella ha demostrado experiencia en esa tarea.

En el gobierno pasado la señora Baldetti fue implacable al supervisar los programas de Cohesión Social y pisarle los talones a la ex Primera Dama, Sandra Torres. Vamos a ver si la vicepresidenta despliega esa misma enjundia ahora que los recursos públicos se encuentran en manos de sus compañeros y padrinos de campaña.

Algunos de ellos ya han tomado decisiones que no parecen marcar el paso del tan ofrecido “cambio”. Al día siguiente de tomar posesión, el ministro de salud, Francisco Arredondo, con la venia del presidente Otto Pérez, pidió la declaratoria de calamidad pública para el sistema de salud. Con esto, ya lo sabemos, se abre la puerta para tirar a la basura la Ley de Compras y Contrataciones.

Por su parte, el ministro de Agricultura, Efraín Medina, también anunció que utilizaría procedimientos de excepción para comprar fertilizantes y los ingredientes de la famosa “súper tortilla”.

Los dos ministros justifican este proceder alegando que en sus carteras están encendidas las luces rojas de la emergencia. Los hospitales, lo sabemos, están colapsando (pese a ello, no sé cuál es la urgencia si hace más de ocho años que se desmoronan y no terminan de dar el zapotazo).

Por otra parte, la utilidad de los fertilizantes tiene fecha de caducidad: si llegan demasiado tarde al campo ya no pueden aplicarse oportunamente en las siembras y las consecuencias se pagan en una merma de las cosechas y en menos alimento para las familias.

A inicios de un nuevo gobierno, en especial de uno que tiene sonriente a buena parte de la población, no dan ganas de sacar la matraca para hacer escándalo. Al leer la noticia la semana pasada, tan sólo anoté en mi cuenta de Twitter la necesidad de vigilar esas compras inaugurales.

Siete días después, ya han salido a luz datos preocupantes. El analista económico Ricardo Barrientos publicó el lunes en su columna de Plaza Pública que desde el 20 de enero el sistema de Guatecompras registró la adquisición de gran cantidad de suministros médicos, productos de limpieza, gasolina (yujú, caso Maskana), carne y para más color ¡1350 libras de costilla y posta de cerdo!

Ricardo se preguntaba si de verdad urgen esas suculentas costillitas para los enfermos del hospital Roosevelt y yo no puedo más que secundar el cuestionamiento. El ministro Arredondo es el propietario de dos empresas distribuidoras de embutidos y carne de marrano: Bremen y Santa Lucía.

El conflicto de interés con las primerísimas compras del Ministerio de Salud resulta monumental. Antes siquiera de echar las cartas, el ministro debería abstenerse de participar en negocios donde él a la vez elige al proveedor, dispone el precio, cobra el cheque y recibe utilidades.

A finales del año pasado, un grupo de diputados denunciaba que más del 80% de las compras que realiza el Estado se hace por procedimientos de excepción, con una opacidad absoluta para otorgar contratos, abusar de los precios y obviar las garantías de entrega y calidad para el gobierno. ¿De hecho, tienen respaldo las compras de Arredondo o son deuda flotante?

Sin duda alguna, hay personas en la nueva administración que quieren hacer bien su trabajo. Pero incidentes como este dan mala espina. La ventaja es que la Presidencia tiene aquí la oportunidad de oro para enviar, desde ya, un mensaje rotundo. Ojalá lo del cambio sí sea de verdad y veamos a la señora Baldetti en acción.

A sufrir un poco

January 22, 2012 | 15 Comments

Sólo hay una locura mayor que buscar el dolor a propósito y esa es buscarlo no una sino varias veces, con necedad y disciplina.

Hace unos días, junto a mis compañeros de entreno recorrimos el tramo más duro de la Max Tott, la media maratón que celebra este domingo su 75 edición. Tiene fama de ser un desafío para corredores de hueso colorado, para quienes ven elevarse la geografía y no huyen a esconderse bajo las faldas de su mami.

Esa fama de difícil, de sufrida, es lo que la hace tan atractiva. Cualquiera puede correr en un circuito plano. Pero quien se inscribe a Max Tott, a Cobán o a los Cuchumatanes sabe que va a encaramarse a hacerle cosquillas a la Sierra Madre.

El día de ese entreno amaneció frío y oscuro, con llovizna. En mañanas como esa, para salir de la cama hay que luchar contra las fuerzas de la evolución, las que empujan al reino animal a conservar la energía y buscar el bienestar más tibio y sabroso.

Empezamos a correr en el nuevo centro comercial de Cayalá, con el viento de frente y los dientes hechos castañuelas. El plan era bajar desde ahí hasta el semáforo de la colonia Lourdes para luego subir hacia el trébol de Vista Hermosa.

El bulevar Landívar es ancho y a veces desolado, pero en estas fechas parece la sexta avenida de los fondistas: por sus bordes desfilan los corredores que quieren ponerse en el pecho un número de la Max Tott. Nosotros nos encontramos a varios y aunque no reconocimos a ninguno, todos nos saludamos: supongo que es la forma simbólica de decir “jau, pertenecemos a la misma tribu”.

Mientras bajábamos hacia Lourdes, calculando la dificultad de hacer el camino de regreso, con la cuesta por delante, nos sentíamos como en el carrito de la montaña rusa, antes de precipitarnos al vacío. Ese momento llegó en el semáforo, donde dimos la vuelta, aspiramos hondo y comenzamos el ascenso. Pasos cortos, rodillas arriba, brazos hacia delante. Se nos quitó el frío y a mí se me empañaron los lentes.

Podríamos haber hecho intervalos caminando pero subimos de un tirón la Calzada de la Paz. En el colegio Austriaco celebramos la primera conquista. Mantuvimos el paso y con paciencia bajamos el barranco, coronamos la gasolinera Esso y llegamos al Bulevar Vista Hermosa.

Yo recordaba la siguiente parte de la ruta con respeto, pues la hicimos hace un año y yo llegué a Café Barista escupiendo los pulmones. La subida hasta la Carretera a El Salvador no se ve tan empinada, pero es larga y constante.

Para facilitarnos la vida, tomamos la alameda del centro que resultó casi tan suave como una pista de tartán. Con ese colchón de tierra bajo los pies, dejamos atrás los supermercados, los restaurantes de comida rápida y Metro 15. Cuando alcanzamos el trébol, me dieron ganas de dar un saltito a lo Gene Kelly: ninguno de nosotros iba resoplando ni jadeando, como yo hace un año, y hubiéramos podido cantar bajo la lluvia, agarrados de un farol.

En total, corrimos 12 kilómetros en los que para nuestra sorpresa, sufrimos menos de lo esperado y gracias a los cuales esperamos llegar mejor preparados a la carrera. Ya hicimos lo peor, ya no nos asusta.

Al final de eso se trata. El dolor nos acecha, en la Max Tott como en la vida y cuando toca, hay que salirle al paso sin miedo. Me dicen que esa es la verdadera lección del amigo Epicuro. Después de todo, quizá no estemos tan locos. ¿O sí?

Para quienes creen que todo cambiará con nuevos inquilinos en Casa Presidencial y el Palacio Legislativo, un baño de realidad: dos escenas que vi con mis propios ojos y otra compartida en las redes sociales.

Interculturalidad en la Zona Viva. Suenan las notas finales de una conferencia de negocios en un hotel de lujo capitalino. Bajo unas enormes arañas de cristal, decenas de empresarios se preparan para iniciar la fase de preguntas.

Alrededor de las mesas, de diez en diez se aglomeran accionistas y gerentes de Guatemala S.A., hombres en cuyas manos descansa el destino de miles de familias y cientos de millones de quetzales. Los motores de un porcentaje respetable del PIB se disponen a atacar las primorosas bolitas de mousse de chocolate que descansan sobre los platos de postre.

Un señor de blazer deportivo se pone de pie y pide el micrófono. “Yo quiero compartir una preocupación”, anuncia. “Se trata de la composición de nuestro Ejército: ahora está conformado sólo de indígenas y es algo en lo que debemos pensar”. El salón lo escucha en silencio sepulcral y pasan a la siguiente pregunta.

Ciudadanía (visto en Twitter, miércoles 11 a las 6 de la tarde).
@alcaparra (Lucía Mayorga): Para mi lástima y enojo me vengo a sentar a un café B y tengo a dos patanes a la par. Tratan a sus amigas de “perras”.
Dicen que la xxx es pobre y le debe dinero a uno de ellos. Ríen en tono despectivo.
-¿Por qué sos amigo de ella?
–Por caritativo.
El gerente de la tienda le pide a uno de ellos que deje de fumar dentro del Café. Responde: “aquí me voy a quedar, no tenga pena”.

La familia. El calor asfixiante del final de la tarde invade la sala de espera de una oficina bancaria. Entra una mujer joven, acompañada de una niña de unos cuatro años que viste mallas y zapatillas de brillantina. La pequeña está cansada y refunfuña.

-L, estate quieta, advierte la señora, mientras la niña se le cuelga de la pierna. Si no, te voy a cambiar por otra más bonita.
-No- dispara la niña- yo te voy a cambiar a tí.
-Tú no vas a encontrar a una mamá más bonita.
La niña calla un instante y empieza a llorar.
-Sssh, L, no haga berrinche.
-Es que tú nunca me compras nada.
-Vaya vaya, calladita y te compro a la salida.

Materia Prima. Es cierto, no todos somos así. En la charla de empresarios hubo intervenciones cargadas de sensatez y me consta que algunos de los presentes escucharon con horror el comentario acerca del Ejército. Aún así, nadie se levantó para decirle al autor que si queremos una sociedad próspera y en paz, hay que dejar colgado el racismo en la puerta de salida.

Nuestra cultura ciudadana y la voluntad de acatar la ley gozan de buena salud en teoría pero no en la práctica. Uno de nuestros males generalizados es el irrespeto sistemático a las normas de convivencia y la ley: cada hijo de vecino se considera a sí mismo la legítima excepción de la norma.

¿Cómo iba a ser de otra forma? En nuestras variopintas familias se incuba un extenso catálogo de patologías. No hay quien pueda jactarse de criar hijos sin cometer errores, pero algunos abusan del talento para estropear a la próxima generación. O abandonan a sus hijos, o los miman demasiado, o se dan el lujo de aplastarles la confianza en sí mismos y en los demás. La materia prima de la sociedad son los ciudadanos. Si no los hacemos mejores, no tendremos un mejor país.

Para ser el año del fin del mundo, estamos optimistas.

Tenemos al mismo país, con los mismos problemas ancestrales. La misma elite, ensimismada y miope, que no acaba de entender sus responsabilidades y que patalea por conservar los privilegios que nos ahogan a todos, incluida a ella misma.

Tenemos a la misma izquierda, anclada en los años setenta, ilustrada por los folletos de Marta Harnecker, ávida de revancha, incapaz (como sus contrapartes) de ver más allá de los dogmas que nos succionan cual agujeros negros.

Tenemos la misma estructura socio económica: una pirámide chata de base muy amplia sobre la cual se encumbra un puñado microscópico de afortunados, seguidos de una escuálida clase media y una muchedumbre de pobres, en constante riesgo de caer en el abismo de la miseria.

Tenemos el mismo sistema de administración de justicia, que privilegia a los poderosos y hace de la ley una ficción, con lo cual celebrar contratos y hacer negocios se vuelve un juego de azar.

Tenemos el mismo sistema político-electoral, que promueve partidos de mentiras con padrinos de verdad, quienes cobran sus millonarios aportes en negocios estatales y derechos de picaporte.

Tenemos el mismo gobierno, que recauda poco y mal, y luego gasta sin ton ni son el tesoro público, de suerte que el dinero nunca alcanza para cumplir con los servicios elementales: policía suficiente en todos los rincones del país, fiscales, jueces y maestros bien preparados y con vocación para servir, escuelas secundarias, drenajes y agua potable. Ni hablar de la red vial, que se encuentra colapsada gracias al cuidadoso mantenimiento brindado en los últimos cuatro años.

Los Zetas siguen aquí, así como la variopinta red local del crimen organizado, que ha sabido infiltrarse en nuestras instituciones, tanto las públicas como las privadas, de tal suerte que ya no se sabe quién es delincuente y quién no y el dinero negro de actividades ilegítimas inunda la cañería entera del sistema.

Y aún así, contra todo pronóstico, los guatemaltecos nos encontramos optimistas a principios de este 2012, sin prestar atención a los agoreros de medio pelo que no se cansan de anunciar que pesa sobre la humanidad una inminente hecatombe.

El gobierno anterior no pudo contra el monstruo que somos, lo sacamos de una patada como es nuestra costumbre y ahora nos hemos conseguido uno nuevo por el que queremos apostar.

Existen elementos diferenciadores en el grupo que se apresta para gobernarnos: en primer lugar, aunque vista de civil para la toma de posesión, el nuevo presidente es un militar, con grado de general. Los guatemaltecos somos autoritarios: nos gusta desfilar con kepi y guantes blancos, estirando el paso de ganso. Estamos ávidos de orden y estructura, hartos de la criminalidad y la violencia, del desorden administrativo, de la crisis, de nuestros fracasos, y queremos alguien que nos hable fuerte y nos dé órdenes.

Los capitalinos bien pensantes estamos optimistas al inicio de esta nueva administración en la misma medida en que llegamos a detestar al gobierno saliente, como ha pasado siempre. Nos entusiasma que haya buenos elementos en el gabinete, que se vea gente seria, que el mandatario electo ya los tenga marchando.

Se nos olvida que las fuerzas centrífugas de la sociedad que tenemos, idénticas hoy a como estaban hace cuatro años, son demasiado fuertes. Si ha de cambiar la corriente, es porque existe masa crítica para empujar un cambio de dirección. Eso sólo se logrará cuando no sólo queramos observar el cambio desde nuestra mullida poltrona, sino encarnarlo. Y ahí sí, me encuentro más perpleja que optimista. ¿Queremos? ¿Ni porque ya viene el fin del mundo?

Cuando hablamos de crimen organizado, los guatemaltecos pensamos en las mafias más temidas y mediáticas: los narcos de los que hablan los periódicos y que todos hemos visto en la calle. Son tipos cargados de gruesas cadenas de oro, armados hasta los dientes, que se conducen en una camioneta polarizada de súper lujo y llevan del brazo a la novia siliconeada, subida en unos tacones de aguja que bien podrían servir de pica hielo.

Esas mafias que inspiran corridos de música norteña, series de tv y narco-literatura (si así puede llamarse) acicatean nuestra curiosidad y han opacado a otros grupos criminales, mucho menos faranduleros, que nos afectan de forma más directa y contundente.

Me refiero a las bandas de “abogánsters” dedicadas a robar propiedades, que han sido noticia en los últimos días, al desatarse una investigación en el Organismo Judicial en contra de un grupo de jueces y funcionarios a quienes se acusa de haber colaborado con estos criminales para desalojar a dos familias de su propia casa, en un condominio de Fraijanes.

Desde hace años, en el gremio de abogados se conocen los nombres de quienes encabezan estas mafias, cuya misión consiste en apropiarse de bienes inmuebles e incluso de empresas simulando la ejecución del pago de una deuda o simples compra ventas.

Para ello se valen de ejércitos privados que amedrentan, extorsionan, secuestran o incluso asesinan a las víctimas. Las bandas “roba propiedades” cuentan con sus propias milicias para ejecutar el trabajo más sucio y violento. Sin embargo, también han sabido tejer una auténtica red de colaboradores de cuello blanco, infiltrada en los registros del país, los tribunales y el MP, encargada de operar y legitimar los despojos.

De hecho, algunos de estos criminales han llegado a incrustar sus tentáculos en otras instituciones, civiles y privadas, pues algunos de sus “golpes” requieren de manipulaciones altamente sofisticadas.

Así como durante años supimos los apellidos de las familias que en Guatemala contribuían a “traquetear” droga, de la misma manera se menciona en voz baja a quienes urden saqueos monumentales usando fraudulentamente el sistema jurisdiccional. Sabemos además que estos despojos han provocado varios asesinatos, como el de la juez Flor de María Gil Ovalle y su hijo, que la colega Claudia Méndez Arriaza documentó en esta nota que les recomiendo buscar en http://www.elperiodico.com.gt/es/20110409/pais/193875.

Es hora de que el Organismo Judicial, en estrecha coordinación con el MP y la CICIG, tomen medidas rotundas para desmantelar a estas bandas, procesar a sus agentes y condenarlos como se merecen.

En los últimos tiempos, estos crímenes han crecido de forma alarmante, alimentados por la más absoluta impunidad. Hay jueces amenazados porque no se han plegado a los dictados de estos delincuentes y lo más aterrador es que en ocasiones las amenazas han provenido de sus mismos subalternos, agentes a suelto de los capos roba propiedades, que con el mayor de los descaros exigen fallos ad hoc so pena de una lluvia de plomo.

También he sabido de empresarios que un buen día descubren que ya no son los legítimos propietarios del local donde funciona una de sus tiendas, en áreas comerciales de gran valor, o de gente que pierde fincas, terrenos, casas o las acciones de compañías en marcha, suculentamente rentables.

La sociedad no puede encontrarse de rodillas ante este tipo de criminales que, de seguir operando a la libre, pueden dinamitar cualquier atisbo de certeza jurídica sobre la propiedad, que como sabemos, es fundamental para el desarrollo y el crecimiento económico.

Esperemos que con los casos que se han abierto en Fraijanes se empiece una tarea que requiere de voluntad y sobre todo, de valentía.

Tengo un llavero nuevo: una flecha amarilla, pequeña, sin adornos ni colgajos.
La compré en mis vacaciones en Galicia, en el norte de España. En cumplimiento de un propósito trazado hace mucho tiempo, con mi esposo y mis padres decidimos recorrer los últimos 110 kilómetros del Camino de Santiago, la ruta de peregrinación más antigua de Occidente y de la Cristiandad.
El llavero lo compré a mitad de la caminata. Por lecturas previas, yo conocía los símbolos medievales del peregrino –la concha de vieira y el tecomate—y al dar el primer paso fuera de Sarria, donde comenzamos a andar, yo ya tenía los dos colgados de la mochila.
El llavero lo adquirí más adelante, pues presentí que esa flecha amarilla que habíamos visto en tantos encrucijadas sería un poderoso recuerdo del viaje.
El Camino de Santiago está completamente señalizado con flechas amarillas. Las hay muy elegantes, incrustadas con bronce en las aceras de las localidades más prósperas, pero la mayoría están pintadas con brocha gorda sobre los muros de laja que atraviesan las aldeas gallegas, en los postes de luz, los árboles, el asfalto.
No hay forma de perderse en el Camino. Cada vez que de pronto uno se pregunta ¿y ahora, por dónde?, basta estirar el cuello y ahí aparece, infaltable, la flecha amarilla.
Tan es así que la ciudad de Santiago de Compostela ha adoptado oficialmente esa marca como un nuevo símbolo del Camino. Al empezar este año 2012 con optimismo, quiero contarles la historia de esas flechas, pues viene muy al caso en estos días de planes y propósitos.
En los años 1960, antes de que el Camino se pusiera de moda, había un sacerdote en Galicia, el padre Elías Valiña, párroco de O Cebeiro, una pequeña iglesia de piedra del siglo XI, construida en la cima de una montaña donde se custodia un Cáliz que según la tradición es el mismísimo Santo Grial.
El padre Elías gozaba recibiendo a los peregrinos y escuchando sus historias. Ese interés lo llevó a convertirse en el primer estudioso serio de las rutas xacobeas, como pilares de la fe pero también de la unidad de Europa.
Los peregrinos que se sentaban a la mesa de la parroquia de O Cebeiro solían tener la misma queja: era demasiado fácil extraviarse en el Camino, con lo cual a veces perdían jornadas enteras.
El cura de O Cebeiro, como le gustaba que le llamaran, se propuso recuperar y señalizar los senderos originales de las rutas xacobeas, entonces prácticamente olvidados. A principios de los años 1980 comenzaban a llegar las carreteras a Galicia y el padre Elías le pidió ayuda a las empresas constructoras. Por respuesta recibió varios galones de pintura amarilla.
Con ese material, el padre Elías agarró su propio carro, un viejo Citroën GS, y se dio a la tarea de marcar con flechas el Camino. Así recorrió incontables veces los 800 kilómetros que median entre Finisterre y los Pirineos, y luego también los caminos de Francia, y la gente podía verlo mientras acarreaba botes de pintura amarilla por la carretera, pintando flechas y sumando voluntarios a la causa.
Alrededor de la catedral de Santiago hay decenas de tiendas que rebosan de tecomates y conchas de plata y azabache, pero yo ya no quise comprar para mí más que el llavero.
Cada vez que tomo la flecha amarilla entre mis manos y pienso a dónde voy, recuerdo a Elías Valiña, el cura de O Cebeiro, una pequeña iglesia enclavada entre las nubes, que con una brocha y una cubeta de pintura, supo servir a los demás y ser, como nos pidieron, la sal de la tierra. Mis mejores deseos para un venturoso 2012 y como dicen los peregrinos de Santiago, ¡buen camino!.

Radiografía penal

January 3, 2012 | 12 Comments

Los códigos de leyes no suelen ser mi lectura favorita. Sin embargo, hace unos días me sentí obligada a revisar nuestro corpus normativo para entender mejor el sustento legal de las denuncias enderezadas por crímenes atribuidos a la guerrilla.

Gracias a las bibliotecas electrónicas, revisé el decreto 145-1996 o Ley de Reconciliación Nacional (que ordena la “extinción de la responsabilidad penal” de delitos cometidos durante el enfrentamiento armado) y el mismo Código Penal. Mi propósito era verificar qué delitos fueron “cancelados” por la Ley de Reconciliación y cuáles serían aún perseguibles.

Más adelante habrá tiempo para discutir ese tema, que según todos los pronósticos, dominará los foros el año entrante. Baste decir por ahora que la Ley de Reconciliación contiene un par de artículos muy claros, donde se enumeran más de 50 delitos no perseguibles, pero también incluye párrafos muy ambiguos, de esos que están diseñados para generarle fortunas a los abogados, pues permiten batir a punto de nieve argumentaciones a la medida del cliente.

Al cotejar la Ley de Reconciliación y el Código Penal, encontré varios datos que llamaron mi atención. Las normas –y en especial aquellas que definen la conducta criminal—dejan entrever las miserias de una sociedad: sus sesgos, patologías y aspiraciones fallidas.

Entre las curiosidades reseñables les cuento que de la misma forma en que nos sobran los bolos de banqueta, los legisladores se empeñaron en definir al delincuente “habitual”. La reincidencia se considera un agravante, con una salvedad: cuando el acusado es un político. Ahí queda a discreción del juez determinar si la vocación por delinquir es una debilidad perdonable.

Descubrí también que según nuestras leyes, las responsabilidades trascienden a la persona individual, como en el Antiguo Testamento. El artículo 114 del Código Penal establece que quien haya lucrado con un delito debe responder civilmente por el beneficio obtenido. Esa obligación alcanza al criminal más allá de la muerte, pues se transmite a sus hijos. Los descendientes de un estafador deben responder en lo económico por las faltas del padre, de la misma forma en que los hijos de la víctima pueden cobrar por los perjuicios sufridos.

Me quedé con la boca abierta al constatar que los homicidas pueden recibir una condena de 15 a 40 años de prisión, pero si matan en “estado de emoción violenta” –qué buena excusa—la pena se rebaja de 2 a 8 años. Golpear al prójimo también sale barato en Guatemala: el delito de agresión se arregla pagando de Q10 a Q200. Y si es mucha la cólera y se dispara con arma de fuego, tampoco es para morirse: uno o dos años de prisión y ¡listo!.

Tenemos un Código de machos, dedicado a los machos. El delito de “estupro mediante inexperiencia o confianza”, es decir, el abuso sexual de una menor de edad, se define como “acceso carnal con mujer honesta, mayor de doce años y menor de catorce”. ¿Se imaginan? Tiemblo sólo de pensar que se califique la “honestidad” de la niña, sobre todo en un caso que exacerbe prejuicios.

Entre tanta perla jurídica, encontré esta que nos retrata de cuerpo entero. Resulta que la “omisión de auxilio” es un delito punible por ley: no se puede abandonar a un niño, ni a persona alguna “herida, inválida o amenazada de inminente peligro”, cuando se le pueda ayudar “sin riesgo personal”.

La intención de promover la solidaridad está ahí, pero no sirve de mucho. La multa por ver hacia otro lado mientras asaltan, violan o matan a batazos a la vecina es la medida de nuestra indiferencia: de Q25 a Q200. Eso vale, al parecer, nuestra conciencia.

El pozo de la memoria

December 18, 2011 | 31 Comments

El año 1995 lo dediqué, en buena medida, a escribir acerca de violaciones a los derechos humanos. Escribí cuartilla tras cuartilla acerca de crímenes, algunos de ellos atroces, imputables a las fuerzas de seguridad del Estado.

En ese entonces recuerdo que militares y víctimas de la guerrilla me preguntaban constantemente por qué no le asignábamos el mismo espacio a las acciones criminales cometidas por la izquierda armada.

Yo respondía que la cantidad de denuncias acerca de los horrores atribuibles al Estado era abrumadoramente superior. Existían además otros agravantes que nos compelían a enfocarnos en las fuerzas de seguridad, comenzando por el mero hecho de que las instituciones guardianas de la ley habían pervertido sus atribuciones y su poder.

A mí en lo particular me acicateaba la conciencia el manto de silencio que había cubierto la barbarie de la guerra: sentía el imperioso deber de contar lo ocurrido, para que viéramos lo que habíamos hecho, para que no se repitiera.

A pesar de ello, siempre estuve dispuesta a escuchar a las dos partes y escribí algunas piezas sobre las fechorías perpetradas por los insurgentes. Nunca lo hice, en detalle al menos, sobre el secuestro de mi abuelo, Pedro Julio García, fundador de Prensa Libre, a manos del PGT, o el de su socio, Álvaro Contreras, obra del EGP.

Creo que me contuve por pudor –me sentía demasiado involucrada– y porque me parecía de pésimo gusto hablar de mi círculo inmediato antes que de todas las demás personas que también habían sufrido en la guerra.

Hoy, casi veinte años después, las víctimas de la insurgencia se quejan de que la mayoría de recuentos del conflicto, escritos en los albores del proceso de paz y los años subsiguientes, carecen de su testimonio y puntos de vista.

En buena medida tienen razón: son muy pocas las fuentes que hablan de los crímenes cometidos por la insurgencia y los padecimientos que éstos causaron. No se ha explorado con exhaustividad cómo y por qué se ejecutaron esas barbaridades, ni las consecuencias que tuvieron.

Las denuncias recién presentadas a la Fiscalía podrán estar plagadas de inconsistencias (como sindicar a personas fallecidas o demasiado jóvenes para opinar sobre asuntos ocurridos antes de su propio nacimiento) pero han encendido la mecha que puede reventar ese otro silencio, el de las víctimas de la guerrilla.

Conocer sus testimonios será útil en la medida en que éstos se documenten con rigor y propiedad, para que las futuras generaciones puedan aproximarse a la historia de una forma más completa.

En un país como el nuestro, que fue el escenario más sangriento de la guerra fría en el continente, asomarnos al pozo de la memoria conlleva riesgos. El peor de todos es que nos limitemos a remover el pasado para volver a abrir las heridas y encontrar nuevas razones para el odio.

Si el solo hecho de invocar los fantasmas de la guerra basta para polarizarnos y anular nuestra capacidad de diálogo, más amenazante resulta aún que pretendamos someter ese pasado tan lleno de pliegues a un sistema de justicia débil, propenso al error, al tráfico de influencias y la corrupción.

El presente entraña demasiados retos que debemos enfrentar juntos como para enfrascarnos en aquello que nos distancia y nos destruye.

El conflicto armado pertenece a los libros de historia. La única razón por la que vale la pena sacarlo de ahí es para honrar la memoria de los caídos construyendo el país que se merecían ellos y que se merecen nuestros hijos.

Guaro a costa nuestra

December 10, 2011 | 19 Comments

La mayoría de organizaciones donde yo he trabajado prohíben la compra de licor. Si se va de viaje y alguien quiere tomarse una copa al final del día, hay que pagarla de la propia bolsa porque en la liquidación de gastos no se puede incluir una factura del bar del hotel.

Es una regla razonable, diseñada para evitar abusos. Ninguna organización tiene por qué pagarle los vinitos a sus empleados y menos aún jolgorios y borracheras, salvo que uno trabaje para un casino o la mansión Play Boy.

De ahí que el gasto realizado por la Presidencia en licores ¡por más de medio millón de quetzales en 2011! sólo pueda calificarse de un atropello a los contribuyentes.

Es aceptable que el Ejecutivo pague el licor que va a consumirse en recepciones de carácter oficial. Pero no se justifica que los impuestos de los guatemaltecos financien las chupacoas de cuates y menos aún que el Ejecutivo o la SAAS se aperen de Buchanams 12 años y Zacapa Centenario a costillas nuestras.

Es un agravante, además, que para comprar cantidades bárbaras de licor se hayan utilizado procedimientos de excepción, vigentes por la tormenta Ágatha. Parapetados en la tragedia, en vez de adquirir granos básicos y puentes Bailey, los muchachos salieron a comprar guaro de 50 botellas en 50 botellas.

Los funcionarios que promovieron y consintieron el uso de fondos públicos en cargamentos de “agüitas atarantadotas” merecen una sanción de la Contraloría y que se les ordene reponer el dinero saqueado.

Resulta imperdonable que los impuestos se usen para que algunos funcionarios puedan beber como cosacos, cuando el Estado requiere ese dinero para cubrir necesidades de primer orden.

El gasto público de nuestro país ha crecido en los últimos años pero ese incremento no se ha traducido en una mejora sustancial de los servicios gubernamentales. Hasta aquí el único indicador del que podemos ufanarnos es el incremento en la cobertura de la educación primaria, que ya prácticamente está en el 100 por ciento.
Sin embargo, es innegable que necesitamos mucho más.

El presupuesto de Educación, por ejemplo, ronda los Q8 millardos y con ello sólo se cubre primaria y una tercera parte de la secundaria. Por elemental matemática resulta obvio que para construir en todo el país los institutos y centros de formación técnica que hacen falta para ofrecerle oportunidades al 100 por ciento de nuestros jóvenes, con maestros y recursos didácticos, haría falta incrementar ese presupuesto en más de la mitad. Y ahí estamos hablando solamente de cobertura, no de calidad.

Eso es sólo en educación. Hay otras áreas donde también se debe aumentar el servicio público, como en la Policía, pues sabemos que existen áreas del país sin presencia policial. Contamos con cerca de 25,000 policías y el próximo gobierno piensa incrementar ese número en 10,000 agentes adicionales a quienes habrá que pagarles salario y prestaciones y dotarlos de equipo, vehículos, comisarías, etcétera.

En un país como el nuestro, donde los recursos son tan limitados y las necesidades tan grandes, no podemos darnos el lujo de desperdiciar los recursos públicos y dinamitar la moral tributaria con ejemplos vergonzosos de corrupción, como los gastos de licor en la Presidencia.

El guaro no es parte de la canasta básica del funcionario y el Ejecutivo no es una dependencia de Hugh Hefner. La Contraloría debe sentar un precedente y dejar muy claro que los contribuyentes no estamos para sufragar borracheras, menos las presidenciales.